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El taller de esculturas de Barceló
En 1974, Barceló, con diecisiete años, realizó su primera muestra individual y en 1982, con veinticinco, fue
seleccionado para formar parte de la Documenta de Kassel y, casi de inmediato, se convirtió en una figura
artística de renombre internacional.
El cuadro El taller de esculturas fue concluido por su autor durante el mes de mayo de 1993, en su
estudio parisino del Marais. Parece el momento en que Barceló escruta su propio pasado y decide atravesar
los géneros, cruzar las miradas y los tiempos, rompe con el orden lineal de los acontecimientos que rigen su
vida y su obra.
El taller de esculturas es un cuadro que se inscribe dentro del género académicamente clasificado como
“cuadro dentro del cuadro” y, por encima de todo, un cuadro sobre esculturas. Lo cual constituye una
perversión por partida doble.
Barceló interioriza el exterior y exterioriza los interiores; en suma, acaba siempre atravesando los límites de la
realidad, con todo lo que ello comporta de perpendicularidad irónica, de, en efecto, perversidad, pues
etimológicamente “pervertir” significa atravesar, confundir los caminos y los sentidos.
Esto se nos ofrece, y la manera más palmaria en El taller de esculturas, cuadro donde todo parece
atravesado hasta un punto máximo de deliberada confusión. Este taller del Marais encierra, o mejor dicho, está
poblado por múltiples imágenes africanas; pero, además, por si fuera poco, es una pintura sobre esculturas y
la presencia desordenada de éstas, al atestar el taller, lo convierte en un museo. No un museo sin mas sino en
los que originalmente fueron los museos, una cámara de las maravillas, donde el coleccionista atesora lo
extraordinario, interioriza las extrañezas del universo.
De manera que cada interiorización remite a su contraria, y el contemplador pierde así la noción fija del
espacio, multiplemente agujereado por la fantasía del artista. Este cuadro se nos presenta, en fin, como una
novela, esa narración que originalmente fue siempre el relato de una aventura, un viaje, una deriva.
El cuadro tiene unas medidas de 235 x 375 cm. y Calvo Serraller en su texto no duda en describirlo como un
“armatoste”, término que en castellano se emplea para definir un objeto demasiado grande o pesado, de gran
corpulencia, sin que ello le haga perder su original relación etimológica con algo “armado”, en el sentido de
construido. De esta manera, el “cuadro-armatoste” por su propia naturaleza, mas que pensarse para ser
colgado en una pared, se presenta él mismo como una pared y como tal se convierte en un espacio interior,
en
una especie de objeto monumental, elemento arquitectónico o, por qué no, en una escultura. Y a partir de ahí,
¿cómo no atar cabos y no asociar el armatoste con el hecho de que representa una habitación característica,
un taller y precisamente de esculturas.
Barceló ha comentado que la técnica material de construcción de su armatoste procedió de su experiencia
técnica como el autor de las esculturas que luego aparecerán diseminadas por el taller que las acoge en el
cuadro. Estas esculturas estaban hechas con escayola que recubría un armazón metálico de alambre y
hierros, una forma de preparar el molde para luego proceder a su fundición en bronce. A partir de esas
estructuras metálicas recubiertas de escayola blanca, le vino la idea de usar este soporte para pintar y, de
hecho, así surgieron los primeros cuadros con bultos, de superficie abombada, con relieve.
Para El taller de esculturas recubre la rejilla con trozos de tela de yute empapada con una materia
aglutinante que actúa como cola tanto entre los distintos trozos de tela como sobre la rejilla. Una vez seca esta
rejilla se procedía a su deformación manual. Después toda la rejilla se recubre con trozos de tela por delante y
por detrás, lo que, teniendo en cuenta sus grandes dimensiones, hace que el armatoste resulta bastante
pesado. Antes de pintar se ha aplicado a la superficie un apresto para blanquearla y, tras la preparación de la
tela se inicia su proceso pictórico.
La materia pictórica la fabrica él mismo mezclando el aglutinante, compuesto de vinílico con pigmentos
naturales, vegetales o minerales, con lo que logra un aspecto mate muy blando y transparente.
“Mi pintura ha sido siempre muy matérica. He querido resaltar la pictoricidad. Dar protagonismo al soporte. Es
pintura, pero, a veces, resulta escultura.”
Por último, no olvidemos lo mas obvio: lo que El taller de esculturas tiene de taller y lo que tiene de
almacén, no solo de esculturas sino también de un conjunto de obras del artista. Esto último convierte al
cuadro en una especie de museo portátil.
El cuadro es, en definitiva, una exposición retrospectiva, un fantástico almacén de recuerdos, un autoretrato
donde el artista se contempla a través de los que ha hecho, un viaje interior a lo anterior, una, en fin, memoria
animada.
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Formato 29,5 x 29,5 cm
Paginas 178
Ilustraciones 123
Encuadernacion Cartoné seda con sobrecubierta
ISBN 84-95183-79-X
PVP €110.57
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